En años recientes se ha puesto en evidencia la abundancia de los problemas éticos
en la práctica médica y académica. Dicotomía y recibo de dineros o de dádivas por
prescribir determinados medicamentos o por ordenar exámenes y procedimientos, han
plagado el ejercicio de la profesión durante muchos años.
Contexto
Sin embargo, cuando se creía que el mundo académico, el de la investigación y la docencia, eran inmunes o al menos resistentes a procederes deshonestos, violatorios de la ética, comenzaron a aflorar denuncias que han demostrado una y otra vez, que la investigación, las publicaciones científicas y la docencia tienen con inusitada frecuencia sesgos asociados a fines oscuros y proclives.
En un mundo ideal obviamente inexistente, la medicina debería estar totalmente divorciada de cualquier interés económico. La realidad es que son muy pocos los ejemplos de carencia de ánimo de lucro dentro del amplio espectro del ejercicio de la medicina y de salud.
Por razones de lucro las empresas, las instituciones y los individuos pierden la orientación y confunden los objetivos. De ese modo la educación, la investigación y las publicaciones de ser medios de desarrollar y de transmitir el conocimiento puro pasan a constituirse en mecanismos de mercadeo y de comercialización.
Sin que sea un verdadero descubrimiento, mencionado años atrás, el último “destape” proviene de una investigación realizada por los editores del Journal of the American Medical Association (JAMA).
Los investigadores encontraron que en 2008 seis de las principales revistas médicas (JAMA, Lancet, Annals of Internal Medicine, PLoS) publicaron un número significativo de artículos escritos por autores fantasma o duende y financiados por la industria farmacéutica.
En pocas palabras, la industria farmacéutica o de equipos le paga a empresas de escritores profesionales por preparar un reporte “científico” sobre un tema de su interés, usualmente un informe favorable a un determinado medicamento o equipo y luego le coloca la firma de “expertos” reconocidos en el campo, asociados con instituciones académicas y sociedades científicas.
Sin haber hecho nada el “experto” avala la publicación que por llevar nombres de prestigio y un diseño convincente es aceptada por revistas de primera orden. Un engaño monstruoso global y flagrante.
El estudio de los editores de JAMA reveló, por aceptación explicita de los autores aparentes, que casi 8% de 630 artículos contenían contribuciones de autores duende o fantasma, que deberían haber aparecido pero que permanecían ocultos.
Más preocupante todavía es el hecho que la tasa más altas de autoría falsa ocurre en el New England Journal of Medicine (10.9%), la publicación clínica de mayor prestigio mundial. En un estudio previo esa tasa fue de 16.2%. Los dos estudios no son comparables porque utilizaron metodologías diferentes.
Las publicaciones científicas, como las opiniones expresadas por conferencista de prestigio, orientan y dirigen la práctica médica. Sesgar la información implica engaño y abuso de la confianza depositada en el autor o conferencista por quien es receptor de la información.
La reacción de los editores ha sido de rabia y frustración. Ellos han respondido anunciando medidas fuertes para reprimir la intromisión indebida de la industria en las publicaciones y frenar la falta de ética de los académicos que prestan su nombre y prestigio para engañar a los lectores.
Volviendo sobre un mundo ideal ese sería un entorno educativo sin la participación de quienes ven la educación como medio de promover intereses económicos.
Jorge E. Maldonado MD, PhD
Editor Jefe de Publicaciones ILADIBA
© EMSA-ILADIBA, Septiembre, 2009